A nuestra Virgen de Consolación
Doblando la última esquina
con el Niño entre sus brazos,
una lágrima furtiva
se ha escapado de sus ojos.
Llora la Madre de Dios;
no es de pena, es de alegría.
Envuelta en voces de amor.
Ya llega la despedida.
Dios te salve, Reina y Madre…
Le cantan con devoción,
avanzando lentamente,
musicando esta oración.
Ya la han subido a su altar
orlado de luz y flores,
se entrecruzan las miradas
con dardos de mil amores.
Disolviéndose el murmullo,
el silencio está en la iglesia.
La Madre mira a su Hijo
y le habla con el alma.
- ¿Has visto, Jesús, qué limpio?
- Ya lo veo, Madre mía.
-Y qué bonito está todo.
- Mereces la bienvenida.
- Eres tú, pequeño mío,
quien merece los honores,
tú eres mi Rey y el de todos,
que con tu amor nos envuelves.
Los zagales y zagalas,
las mujeres y los hombres,
los de la tercera edad
y también los chiquitines.
Qué bien que lo han pasado,
riendo, haciendo gracias,
degustando un buen bocado,
bailando las “sevillanas”.
Se sienten algo cansados,
esta noche dormirán
dulcemente, consolados
y arropados por su Madre.
22 de marzo de 2026
Miguel Colomer Hidalgo
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