Jugando al Romo
Los inviernos eran fríos y lluviosos, lo que no era obstáculo para salir a la calle, aún en los días más crudos. Aprovechábamos que el agua había reblandecido la tierra para jugar «al romo». Cada cual disponía de su pieza, que consistía en una barra de hierro de unos treinta centímetros, con la punta ligeramente afilada, dándole ese aspecto de romo que daba lugar a su nombre y juego. También hacía las veces una lima desgastada que el herrero te regalaba. El más habilidoso trazaba el campo de juego, que consistía en un camino sinuoso de unos veinticinco centímetros de ancho y una longitud de unos doce metros. Cada tres o cuatro metros se intercalaba un círculo de unos ochenta centímetros de diámetro, y al final acababa la partida clavando el romo en un cuadrado dividido en cuatro partes. El ganador era el primero que llegaba a la meta. El juego se detenía si el romo no había sido clavado por el jugador, estableciéndose así una especie de carrera hasta el final. Se requería gran des...




